
Que los Kirchner odien al Fondo Monetario Internacional puede entenderse; a ningún político tercermundista bien nacido puede gustarle que una banda de inspectores de ideas neoliberales, personajes que ni siquiera saben los nombres de los pensadores locales más influyentes, sometan las finanzas de su país a un análisis meticuloso como si se creyeran en Suiza. Pero si bien su postura es comprensible, sus esfuerzos por impedir que la gente del Fondo meta la nariz en sus asuntos rayan lo ridículo.
En el 2006 le dieron diez mil millones de dólares para que se mantuviera a una distancia respetuosa. El martes pasado, repitieron la maniobra con el Club de París al prometer entregarle por adelantado los 6.706 millones que el país le debe. Según el oficialismo, el motivo era mostrar al mundo que la Argentina es un país solvente que está resuelto a honrar sus obligaciones.
Aunque es posible que Cristina y Néstor hayan pensado en eso cuando planeaban en su reducto de Calafate lo que imaginaban sería un golpe magistral, lo que con toda seguridad más pesó fue su resistencia a permitir que el FMI llevara a cabo un arqueo nada amistoso del estado actual de la economía. Sucede que el club parisino cuyos miembros son los gobiernos de los países más ricos del mundo insiste en que una renegociación de la deuda tendría que incluir un acuerdo con el organismo que, según los Kirchner, es el máximo responsable de todos los desastres económicos nacionales de las décadas últimas.
Pero no sólo fue cuestión de lo desagradable que les sería soportar la presencia en la Argentina de los malditos técnicos. También lo fue la conciencia de que se negarían a tomar en serio buena parte de las estadísticas fabricadas por el INDEC, en especial las relacionadas con la inflación, y que en esta ocasión por lo menos la mayoría abrumadora de los habitantes del país coincidiría con los contadores foráneos.
La decisión del en aquel entonces presidente tanto de jure como de facto Néstor Kirchner de dibujar los índices inflacionarios está en la raíz de la crisis de credibilidad que está carcomiendo la gestión de su esposa. Desde optar por abandonar la triste realidad real para internarse en otra ficticia, él y sus incondicionales se sintieron obligados a aferrarse a “su verdad” aun cuando fuera de su círculo áulico nadie les creyera. Huelga decir que manejar la economía como si la tasa anual de inflación fuera inferior al diez por ciento cuando ya se aproximaba al treinta, o más, no pudo sino dar pie a un embrollo fabuloso. En un intento vano por frenar el aumento del costo de vida, los Kirchner se pusieron a repartir tantos subsidios al transporte, al consumo urbano de gas y electricidad, a quienes producen alimentos básicos y así por el estilo que pronto equivaldrían al tres por ciento del producto bruto interno y que, desde luego, requerirían un mayor esfuerzo recaudador, de ahí aquellas retenciones móviles que pusieron al campo en pie de guerra y, andando el tiempo, llevaría al Gobierno a una derrota demoledora.
Al comprometerse con una mentira flagrante, el Gobierno se tendió una trampa de la que no le sería dado salir. No tardaría en verse frente a un dilema cruel. No puede desandar lo andado sin confesar haber cometido un error tan estúpido como vergonzoso, pero si sigue proclamando que Cristina y Néstor Kirchner, Guillermo Moreno, Florencio Randazzo y otros defensores a rajatabla de la versión oficial son los únicos que tienen razón y todos los demás se equivocan sólo les cabría esperar a que llegue el día en que las dos “verdades” choquen de forma catastrófica. Hasta ahora, los Kirchner y sus fieles han optado por la segunda alternativa, acaso por considerarla menos costosa, alejándose así cada vez más del resto del planeta aunque cuanto más esperan más difícil les será volver a pisar tierra firme, si aún les es posible hacerlo ya que es más que probable que hace tiempo pasaron lo que los aviadores llaman el punto de no retorno cuando es menos riesgoso despegar de lo que sería frenar el avión.
Para complicar todavía más el problema, si el Gobierno decidiera que dadas las circunstancias convendría sincerarse, le sería forzoso desembolsar vaya a saber cuántos miles de millones de dólares a los sufridos tenedores de bonos –entre ellos los fondos jubilatorios– puesto que, como nos recordó hace poco Randazzo, “por cada punto que aumenta” la inflación “hay que pagar 1.800 millones de pesos de deuda”. Pues bien, si la diferencia entre la inflación kirchnerista y la auténtica ya supera los 20 puntos, lo adeudado se acercaría a los 12.000 millones de dólares. Puede que el Gobierno se sienta con derecho a felicitarse por haber ahorrado tanta plata subestimando groseramente la inflación, pero desde el punto de vista de las víctimas de la maniobra se habrá tratado de una estafa intolerable. ¿Podría el Gobierno sincerar la inflación hacia delante pero no hacía atrás? Incluso si el país se resignara a un ardid de tal tipo por suponerla la menos mala disponible, los perjuicios ya ocasionados seguirán distorsionando la economía.
Cristina y su marido pecan de optimismo si creen que la voluntad de pagar de golpe el dineral adeudado a los países ricos será suficiente como para abrir las puertas para que entre una horda de inversores dispendiosos. Por tratarse de una decisión tan insólita, puesto que lo normal es renegociar las deudas de esta clase, podría resultarles contraproducente porque todos están preguntándose por qué eligieron sobreactuar así. ¿Lo hicieron porque creen que el mundo se sentiría impresionado por tanta opulencia? ¿O será porque lo último que quieren es que una organización internacional como el FMI audite la economía para después difundir un informe acerca de sus excentricidades?
Es innecesario decir que la mayoría atribuirá su conducta al miedo a que lo eventualmente encontrado por los inspectores fuera tan negativo que el país quedaría aún más aislado de lo que ya está. Después de todo, si las cuentas nacionales fueran tan brillantes como el Gobierno pretende, la mejor manera de humillar una vez más al FMI consistiría en invitarlo a investigarlas de la forma más exhaustiva concebible para después confesar que una vez más los Kirchner se las arreglaron para lograr lo que los técnicos, su visión afectada por las anteojeras neoliberales que todos llevan, creyeron sería imposible.
Las dudas en cuanto a la capacidad argentina para honrar puntualmente todas sus obligaciones financieras en el 2009, cuando llegarán a casi 20.000 millones de dólares, y en los años siguientes no se debieron sólo a la falta de un arreglo con el Club de París. Se inspiraron en la convicción generalizada de que las estadísticas oficiales no eran de fiar y que en consecuencia, lo único sensato sería prepararse para algunas sorpresas ingratas. De más está decir que la reacción decididamente heterodoxa de Cristina frente a la actitud escéptica de los adivinos de Wall Street y la conducta huraña de los mercados no servirá para modificar mucho. Antes bien, hará pensar que en esta parte del mundo está sucediendo algo raro y que por lo tanto sería más seguro arriesgarse en lugares menos imprevisibles. Asimismo, no puede sino preocupar a los reacios a ver desaparecer su dinero en el agujero negro criollo el trato que están recibiendo los nunca adecuadamente despreciados “holdouts” que no entraron en el canje propuesto por el bueno de Néstor. Según el Gobierno, negociar con quienes reclaman la friolera de 30.000 millones de dólares sería una pérdida de tiempo porque, Randazzo dixit, “es una situación saldada para nosotros”. ¿Lo es para ellos también? Claro que no. Tampoco lo es para los interesados en que la Argentina se reincorpore plenamente al mundo para que pueda aprovechar todas las ventajas proporcionadas por la expansión de la economía internacional.
Las dudas en cuanto a la capacidad argentina para honrar puntualmente todas sus obligaciones financieras en el 2009, cuando llegarán a casi 20.000 millones de dólares, y en los años siguientes no se debieron sólo a la falta de un arreglo con el Club de París. Se inspiraron en la convicción generalizada de que las estadísticas oficiales no eran de fiar y que en consecuencia, lo único sensato sería prepararse para algunas sorpresas ingratas. De más está decir que la reacción decididamente heterodoxa de Cristina frente a la actitud escéptica de los adivinos de Wall Street y la conducta huraña de los mercados no servirá para modificar mucho. Antes bien, hará pensar que en esta parte del mundo está sucediendo algo raro y que por lo tanto sería más seguro arriesgarse en lugares menos imprevisibles. Asimismo, no puede sino preocupar a los reacios a ver desaparecer su dinero en el agujero negro criollo el trato que están recibiendo los nunca adecuadamente despreciados “holdouts” que no entraron en el canje propuesto por el bueno de Néstor. Según el Gobierno, negociar con quienes reclaman la friolera de 30.000 millones de dólares sería una pérdida de tiempo porque, Randazzo dixit, “es una situación saldada para nosotros”. ¿Lo es para ellos también? Claro que no. Tampoco lo es para los interesados en que la Argentina se reincorpore plenamente al mundo para que pueda aprovechar todas las ventajas proporcionadas por la expansión de la economía internacional.
Los grandes inversores no suelen pensar en términos de meses. Tienen que hacer proyecciones que abarcan años, cuando no décadas. Aunque pocos habrán sospechado que la Argentina estaba al borde del enésimo default –mejor dicho, de un default dentro del default, porque todavía no ha salido del anterior–, aún menos descartarían por completo la posibilidad de que antes de terminar el 2011 se encuentre en una situación dramática no tan distinta de la del 2001. Por desgracia, las perspectivas ante el país distan de ser prometedoras. La inflación ya está instalada y podría intensificarse mucho, sobre todo si los sindicatos más poderosos deciden que ha llegado la hora para que todos sus afiliados compartan la bonanza provista por un lustro de crecimiento rápido, el gasto público ha aumentado y bajarlo no será nada fácil, en muchas provincias las finanzas están en déficit, los precios de los commodities amenazan con caer de las alturas que aún ocupan.
Si bien con escasas excepciones, hasta economistas que no se sienten emotivamente comprometidos con el “modelo” kirchnerista aseveran que, siempre y cuando el gobierno actúe con racionalidad, el país podría ahorrarse una nueva crisis tremenda, no hay demasiados motivos para creer que Cristina y su marido estén por abandonar el voluntarismo ciego que los caracteriza, razón por la que el pesimismo de Wall Street es, por lo menos, comprensible.
Por James Neilson - Revista Noticias - Miercoles 17 de Septiembre de 2008
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