jueves, 2 de octubre de 2008

Cristina a la conquista de Wall Street

Fronteras afuera, la llamada “ortodoxia” está experimentando una de sus convulsiones esporádicas al precipitarse empresas financieras gigantescas una tras otra en el agujero negro de la crisis hipotecaria estadounidense. Fronteras adentro, está vivita y coleando, sobre todo en la Casa Rosada donde la presidenta Cristina se ha puesto a derribar algunos de los pilares que sostenían el modelo kirchnerista. Con firmeza, se pronunció contra el “dólar alto” porque, como dice, es inflacionario, y, para decepción de los industriales supuestamente productivos, contra el proteccionismo. Y como si esto ya no fuera suficiente, Cristina no sólo quiere pagar de una vez la deuda con el Club de París sino también reabrir el canje con los muchos bonistas que por motivos comprensibles no querían saber nada de la oferta leonina que les propuso Néstor Kirchner en el 2005. Hasta hace muy pero muy poco, el Gobierno que ella actualmente encabeza trataba a estos holdouts como si –lo mismo que la inflación– sólo existieran en la imaginación malsana de algunos neoliberales despistados, pero al oscurecerse el horizonte optó por intentar dar la impresión de estar dispuesto a respetar ciertas reglas que antes despreció.

Todo esto sucedió en vísperas del viaje de la Presidenta a Nueva York donde acaba de estallar una crisis financiera fenomenal que amenaza con poner en el suelo tanto la economía real norteamericana como la del resto del planeta. Además de participar de la reunión anual de la Asamblea General de la ONU que suele aprovechar una selección variopinta de mandatarios democráticos, elegidos pero autoritarios y dictadores gangsteriles para deplorar las aberraciones ajenas y subrayar las bondades de su propio feudo, Cristina intentó convencer a quienes aún manejan sumas extraordinarias de dinero de que a pesar de su reputación rocambolesca la Argentina es un lugar excelente en que hacer buenos negocios.


Aunque es poco probable que muchos hayan comprado la noción de que la Argentina kirchnerista sea una isla de tranquilidad en un mundo vuelto loco, nadie puede negar que la decisión oficial de procurar reconectarse con los mercados financieros internacionales, reduciéndose así la dependencia de los caprichos del usurero caribeño Hugo Chávez, ha sido un giro estratégico muy importante, si bien uno que no tendrá consecuencias inmediatas. Es posible que en los meses próximos, la Argentina luzca más atractiva para los inversores de lo que era antes, pero por ahora cuando menos el capital asustadizo continuará prefiriendo buscar refugio en el lugar que supone es el más seguro de todos que, por perverso que parezca, sigue siendo los Estados Unidos.


Su acercamiento a posiciones menos heterodoxas no obstante, durante su estadía en Nueva York Cristina cometió un error al caer en la tentación, para ella y para muchos otros irresistible, de comparar tácitamente el buen comportamiento desde hacía aproximadamente una semana de su propio Gobierno con los presuntos errores cometidos por la administración del presidente estadounidense George W. Bush. La verdad es que el desaguisado financiero es obra de toda la sociedad norteamericana que bien antes de la llegada de Bush a la Casa Blanca se acostumbró a vivir de crédito, renunciando al ahorro por considerarlo una práctica anticuada propia de pueblos menos sofisticados.


De resultas del caos que se ha desatado, el clima actual es de contrición –incluso el secretario del Tesoro, Hank Paulson, que está tratando de persuadir al Congreso de nombrarlo dictador económico–, se afirmó “humillado” por lo que se ha visto obligado a hacer. Así las cosas, las críticas acerbas formuladas por dirigentes extranjeros en un momento tan especial en que los norteamericanos están haciéndose más nacionalistas por momentos duelen bastante. No serán olvidadas. Por lo demás, los norteamericanos distaron de ser los únicos que imaginaron que el boom se eternizaría; también se dejaron engañar por la euforia típica de los años últimos de los Kirchner, motivo por el que creyeron poder salirse con la suya obstaculizando las exportaciones, aumentando a un ritmo frenético el gasto público y ninguneando tanto a los holdouts como a la inflación.


Didáctica como siempre, tampoco se resistió Cristina a aludir a la presunta contradicción de que un gobierno, el norteamericano, cuyos voceros habían hablado pestes de la intervención estatal, quiere hacer “la intervención estatal más formidable de la que se tenga memoria”. Pues bien: todo depende del Estado que uno tiene en mente. Es una cosa que intervenga un Estado en que abundan los funcionarios que son profesionales sumamente capaces, de eficacia y honestidad reconocidas, y otra muy distinta que lo haga una manga de improvisados venales. En países como Francia, Suecia, Japón y los Estados Unidos, cierto grado de estatismo puede resultar muy beneficioso, pero en el Tercer Mundo, incluyendo a la Argentina, donde la corrupción es ubicua y escasean los preocupados por el interés común, los frutos de la intervención estatal son por lo regular decididamente pobres. Se trata de un detalle que los habituados a pensar en términos abstractos propenden a pasar por alto, de ahí la paradoja de que los partidarios más entusiastas del estatismo son a menudo los más contrarios a que se instrumenten reformas destinadas a permitir que aquí el Estado se ponga a la altura de las responsabilidades onerosas que les gustaría verlo asumir.

Es sin duda una lástima que el cambio de postura de Cristina haya coincidido con lo que calificó del “derrumbe de la burbuja” primermundista, una “burbuja” que, dicho sea de paso, dio un impulso muy fuerte a las economías de docenas de países, entre ellos China y la Argentina merced a la disponibilidad de créditos e inversiones cuantiosos en el caso de aquella y en el de esta a los precios muy altos de commodities como la soja, es decir, al tan bienvenido “viento de cola” que posibilitó un lustro de crecimiento macroeconómico vigoroso. Hasta que por fin amaine el huracán y, una vez más, se haya generado en los mercados internacionales un clima de optimismo insensato, es de prever que los inversores, sus carteras disminuidas, traten de ahorrarse riesgos, lo que perjudicará a países problemáticos como la Argentina. Es por eso, y por el temor a que los commodities dejen de ser tan rentables y que pese al aislamiento financiero las vicisitudes dramáticas de Wall Street y otras plazas han repercutido con tanta fuerza en Buenos Aires.


Pilotear un país en medio de una tormenta como la actual es una tarea poco envidiable, sobre todo para un gobierno que se encuentra a la defensiva. Si bien Cristina parece entender que para minimizar los daños tendrá que reconciliarse con el mundo desarrollado cuanto antes y manejar la economía nacional con mayor sobriedad, le será difícil convencer a todos de la necesidad de actuar con cautela en una situación como la que se ha producido. Los sindicatos no parecen estar dispuestos a tomar en cuenta la coyuntura internacional a la hora de reclamar aumentos para que sus afiliados no pierdan la carrera contra la inflación, muchos gobernadores provinciales creen que ha llegado la hora de cambiar radicalmente el reparto de los beneficios del crecimiento y está intensificándose el clamor por servicios públicos menos ruinosos. Desde el punto de vista del Gobierno kirchnerista, la implosión financiera que según algunos ha puesto fin a un boom mundial memorable no pudo haber ocurrido en un momento menos oportuno.


Entre las víctimas de la evaporación del crédito está la teoría del desacoplamiento, de la idea de que, gracias a las proezas económicas de China y la India, más la consolidación de la Unión Europea, el resto del mundo no tiene por qué inquietarse demasiado por lo que sucede en Estados Unidos. Bien que mal, la globalización mediante, ya no hay ningún país significante que resultará inmune a la enfermedad financiera que se hizo visible hace poco más de un año en la superpotencia, pero que enseguida cruzó el Atlántico para afectar instituciones importantes en Europa, y que de acarrear la recesión prevista en los Estados Unidos, pronto afectaría a los países asiáticos, africanos y latinoamericanos que dependen de su capacidad para vender cosas al insaciable consumidor norteamericano.


También es preciso tomar en cuanta el peligro de que los Estados Unidos, dolorido por lo que cree es la escasa voluntad del resto del mundo de contribuir al esfuerzo por restaurar confianza en el sistema financiero internacional, opte por replegarse, lo que con toda seguridad hará si Barack Obama triunfa en las elecciones presidenciales de comienzos de noviembre. Sería maravilloso que, como dijo Cristina en Nueva York, se pudiera “reconstruir una multilateralidad” que en su opinión se ha perdido, pero mientras tanto el mundo se quedará sin una potencia hegemónica –mejor dicho, sin una que sea anímicamente capaz de asegurar cierto orden–, una ausencia que a juzgar por la historia pendenciera de nuestra especie supondría una situación sumamente peligrosa en que países en manos de fanáticos sanguinarios como Irán y Corea del Norte se sientan libres para hacer todo cuanto se les ocurra a sus gobernantes.


Revista Noticias - Septiembre 2008 - Por James Neilson

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